Como alma que lleva el diablo

Esa mañana era tan común como cualquiera, don Hilario se alistaba para ir a su chacra, era hora de trabajar. La chacra quedaba a gran distancia de su casa, ensillo su burro, cogió sus herramientas; el sol aún no salía y estaba acostumbrado a salir siempre a la misma hora y con el mismo compañero de trabajo.

El trabajo transcurrió de buena manera, sin ningún contratiempo, ese día sembró algunas semillas pero el tiempo en el campo transcurre muy rápido. Esa tarde el cielo se encontraba muy cargado, eran las   primeras lluvias del mes así que decidió retirarme un poco más temprano. Su esposa esperaba en la casa.

El viento comenzó a soplar, eso dificultaba su paso y la de su amigo, y el cielo ennegrecido con las ganas de que el ank´ari (granizada) se apersonara todo amenazante, busco con la mirada algún refugio pero nada alrededor, siguieron caminando un trecho más, hasta que diviso una pequeña cabaña de barro y techo de paja. Corrió para guarecerme del granizo y el frio, ato a su amigo a un costado de la casa y entró.

Ya en el interior, encontró un pequeño fogón casi destruido y una pequeña piedra que le sirvió de asiento mientras espera, él recuerda que en su larga vivencia por estos lares, no recordaba que esta casa existiera y justo cuando el pensamiento revivía los recuerdos escuchó un ulular a lo lejos, pensaba que se trataba del silbido del viento.

Pero este sonido se fue acercando y haciéndose más notorio, lo describió como el lamento de un animal herido en algún lugar de la pampa, pero se confundía con el llanto de un niño y por momentos era el grito de una persona, asomó su rostro para percibir de dónde provenía el sonido y divisó que la paja se quemaba a pesar de la fuerte lluvia, su burro se puso intranquilo, sería que él había presentido una presencia extraña. Entonces supo que se trataba de un alma condenada, recorriendo la pampa sin descanso, tal vez por un gran pecado.

Al no saber qué acción tomar, sólo le quedaba una opción y se dispuso a subir a la única viga que se encontraba en el techo porque el grito del condenado se dirigía a su guarida y el miedo recorría por todos los rincones de su cuerpo.

Efectivamente, una sombra entro a la habitación, no pudo distinguir bien, las nubes grises y el sol poniéndose hizo que se creara un aspecto gris en el ambiente, percibió que se sentó en la piedra y se puso a mirar el fogón, él desde su refugió observaba con miedo, el alma mantenía una conversación porque emitía sonidos que no se entendían con claridad, el sudor recorría su frente, – ¿cómo salir de esta situación? , ¿Se quedaría ahí hasta mañana? Muchas fueron las interrogantes que pasaron sobre su cabeza, lo único que quería era salir de allí, ¡bendita la hora que decidió quedarse!, renegaba, se percató que la lluvia intensa seguía afuera porque pequeñas gotas caían sobre su cuerpo.

De pronto, en plena planeación del escape de aquel maldito lugar, la viga se partió en dos y con un ruido estrepitoso cayo y parte del techo consigo. La pobre alma condenada concentrada en una conversación casi imperceptible, de un solo salto salió espantada del lugar, echando a correr hacía la pampa sin contener aliento y con un grito propio de alguien que se pega un susto de aquellos, creo que su amena conversación se vio interrumpida por un desdichado que solo necesitaba de un refugió.

Se sobrepuso, adolorido, asustado y confundido, con la pregunta – ¿no debería ser yo el que debería huir de esa forma? Pero aún con el cuerpo tembloroso soltó una pequeña carcajada recordando como su compañero de guarida se fue “como alma que lleva el diablo” sin despedirse siquiera o pedir disculpas por tanto miedo que le metió el susodicho esa tarde, pero bueno, ya no quería estar en ese lugar, ensillo su burro, se fue a casa y contarle lo sucedido a su esposa.

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