EL MÁGICO CACTUS DE SAN PEDRO

El cactus San Pedro, conocido también como huachuma o wachuma, guarda mucha importancia dentro de la cosmovisión andina, ha sido usado por miles de años, por diversas culturas y civilizaciones precolombinas al norte del Perú, aproximadamente 1,500 A.C hasta la llegada de los españoles. La primera descripción detallada del uso ritual de la huachuma procede de los escritos del padre jesuita Fray Bernabé Cobo, en el siglo XVII. El nombre de “San Pedro” nace después de su uso en el Perú colonial, pues San Pedro es el encargado de abrir las puertas del cielo y la mescalina, principal alcaloide del cactus, abre, en el ritual, el camino a la percepción del otro mundo.

Después del peyote, el San Pedro es el que mayor concentración de mescalina presenta. La mescalina ha sido utilizada con fines diversos. Tradicionalmente tuvo un rol esencial en rituales religiosos, entre nativos americanos, quienes consideran que esta sustancia permite abrir el espíritu. Habiendo penetrado en otras culturas, la mescalina fue utilizada con propósitos recreativos, pero también, como enteógeno, para facilitar la psicoexploración.

Érase que se era una vez un cactus alto y delgado que crecía en las tierras de Perú, el Ecuador y Bolivia. Antes de que los europeos llegaran por esas latitudes los nativos lo conocían con el nombre de achuma al producirse la cristianización todos ellos -excepto los curas- lo vieron claro: si el apóstol Pedro tenía las llaves del cielo, entonces ese cactus era su san Pedro, pues él también guardaba las llaves que daban acceso a los reinos celestiales -a veces previo paso por los infernales-.
Los blancos se sumaron a la excursión y contó que el brujo andaba durante la sesión con un bastón rozando a los participantes diciéndoles: ahora veréis el cielo, y así lo visualizaban. Luego repasaba a la clientela y les tocaba de nuevo uno por uno con la vara y les anunciaba: ahora el infierno, y visitaban el infierno.
“Una bebida digna de brujos”, decía perplejo y admirado aún. En esta colección de apodos no podían faltar, los botánicos, que acabaron por bautizarlo Trichocereus pachanoi (pronunciado tricocereus pacanoi) —o el T. peruvianus, primo hermano del primero y que también es utilizado para confeccionar el bebedizo mágico—. (Estas plantas se diferencian unas de otras por su flor nocturna, que nace a principios de verano, y por la longitud de sus espinas -por lo general más largas en el peruvianus).
El san Pedro es un cactus realmente curioso, pues dentro de la famosa lentitud de crecimiento de esta familia de vegetales es el que desarrolla de forma más ágil, llegando a crecer más de 20 centímetros en un año, y resiste un amplio rango de temperaturas, adaptándose a climas húmedos y a diversas alturas. Rompiendo los esquemas supersticiosos que aseguran que las cactáceas no gustan de agua, éste agradece lluvias abundantes, así como un suelo rico en nutrientes. (Tiene otro pariente espiritual más al norte, en México, el cual también gusta de poner en tela de juicio todo tipo de esquemas: crece bajo arbustos para evitar insolaciones.) Pero en este caso el san Pedro sigue la línea estipulada para los cactus: se eleva rápidamente hacia el astro padre buscando luz y calor, alimentándose más aún de sus rayos que del agua y los nutrientes de la tierra.
Al poder convertirse en un bebedizo mágico dispone también de estatus legal en nuestra civilización. No está perseguido su cultivo, ni su venta ni su compra; lo que está mal visto es su ingestión. Se puede encontrar en floristerías para utilización ornamental, e incluso en Sudamérica se utiliza para hacer cercos, pues aunque normalmente pierda las espinas en su madurez es tan prolífico y fácil de enraizar que allí hace la función de los cipreses aquí.
Si alguien quiere hacer de jardinero y dedicarse a la procreación de tan portentoso cactus hay dos maneras de multiplicarlo: por esqueje, o bien con semillas. El esqueje pilla rápido, y más si le ponemos hormonas para enraizarlo; si se parte de una planta ya ancha se tiene la ventaja de que sólo hemos de esperar a que se alargue, pero ya partimos de un ejemplar grueso. Es conveniente dejar un zócalo de 15 cm en el cactus original, pues de él saldrán más brazos y continuará creciendo. Antes de enraizar la parte cortada ha de esperarse que su sección se seque, pues en caso contrario podría generar putrefacción. La sombra en los primeros meses facilita el enraizamiento.

Para el uso ritual que hacen de esta planta los nativos de Sudamérica. Evidentemente no la toman para ir de fiesta; en todo caso para celebraciones religiosas (que también pueden ser una fiesta) y rituales de sanación. La preparación del bebedizo se hace con la parte superior del tronco de este cactus columnar. Se hace así porqué esta zona es la que tiene más principios activos -y aun mejor en setiembre, después del crecimiento del verano-.
La dosis media oscila alrededor de los 25 cm de largo, teniendo en cuenta que la planta ha de ser ya madura y con un diámetro de unos 8 cm. El tamaño de brazo que se coge puede variar no sólo dependiendo de si conviene una dosis menor o mayor, sino también de si la planta viene de una familia con alta concentración de alcaloide o ésta es más bien baja (estudios científicos han revelado que el rango de mezcalina en un ejemplar secado oscila entre un 2,3% y un imperceptible 0,2% del peso).
Una vez cortado se puede dejar secar para conservarlo, o prepararlo ya en fresco. En caso que de que se seque se suele dejar al sol para que el proceso vaya más rápido. Tanto si se sigue un camino como el otro sólo la parte verde del cactus se utiliza -y aún después de haberle quitado una fina película transparente que protege el cactus del medio-. El núcleo del cactus, la carne blanca, no contiene mescalina y por tanto se desecha para el brebaje. Partiendo de esta base inicial ya podemos empezar a estudiar los dos caminos que, bifurcándose, llegan a la misma parte. Uno de ellos parte de la piel seca del cactus, y el otro lo hierve directamente.
En el primer caso se coge la parte verde del cactus que se ha dejado secar y se tritura hasta pulverizarse. Esto teóricamente está listo para ingerirse mezclado con agua o con cualquier otro alimento que no se tome en gran cantidad. (Durante el día anterior, y a veces durante varios días, se guarda ayuno para limpiar el cuerpo y centrar el alma). El potaje es bastante amargo y a veces se envuelve con la hoja de alguna planta.
La segunda manera implica un cocido. Se escoge nuevamente la piel del cactus y se hace hervir durante un período de siete horas a un fuego muy lento, con agua suficiente para que el potaje no se queme. (Previamente se habrá triturado el cactus hasta convertirlo en una pasta un poco pegajosa.) Ya que lo que se aprovecha es el jugo que queda, y no la pasta, es usual ir separando ambos cada 2 ó 3 horas ya que un tiempo prolongado de cocción estropea la sustancia; la pasta que queda se vuelve a hervir con más agua hasta completar el ciclo de las siete horas. Después dejará evaporar el líquido hasta que queda un residuo que tiene consistencia de goma.
En Sudamérica, dónde estas plantas no han dejado de utilizarse por miles de años, hay unos personajes que aquí llamamos chamanes (aunque allí los nombran personas de conocimiento) que son expertos en la conducción de sesiones con estas plantas. La figura equivalente en nuestra cultura serían los médicos, psicólogos y psiquiatras, pero salvando el gap cultural que separa las sociedades arcaicas de las industriales: en unas el peso se da en el mundo psíquico, mientras que en la nuestra la atención se dirige hacia el mundo externo, el físico.
El reto que plantean estas sustancias no es tanto su digestión física, sino la mental. Un antropólogo comentaba que estas sociedades tienen tan codificada la simbología de su inconsciente como nosotros nuestra bioquímica.
Así pues, la incursión del occidental en el reino del espíritu puede concluir en extravío, aunque lo deseable sea un reencuentro vivificante con esta parte de nuestra persona tan ocultada y olvidada. En Sudamérica las sesiones se llevan a cabo en un marco nocturno y reposado. En occidente, al no disponer de brujos, conviene una persona próxima y que disponga de experiencia para que nos acompañe.

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