Aventuras macabras

En mi etapa de adolescente, vivía en un centro minero llamado Arcata, este lugar solía albergar un cierto aire misterioso porque estaba rodeado de cerros solitarios, parajes desiertos y minas abandonadas donde el principal personaje era el ya famoso “chinchilico”. Pero había un momento en especial donde adquiría un toque más lúgubre, este era cuando alguien moría.Los accidentes dentro de la mina eran casi comunes y desde luego los comentarios de las personas no se hacían esperar, comentarios como “no era su tiempo y por eso va a penar”, pero bueno, en el momento que el ataúd era llevado por los familiares y ya estando a medio camino era necesario un descanso ya que el cementerio se encontraba a unos quince o veinte minutos de camino y como dicen los entendidos estos lugares son malos para los que todavía estamos aquí.

Yo por esas épocas aún asistía al colegio y como todo chiquillo contaba con tres amigos, nosotros solíamos buscar cada oportunidad para reunirnos con la vieja escusa de hacer las tareas pero como todo se sabe en esta vida, estas eran tertulias de pequeños jóvenes experimentando con el alcohol y la escritura. Escribiendo cartas inocentes de amor.

Las reuniones por lo general, transcurrían hasta altas horas de la noche o madrugadas para ser claros, para tal caso, el regreso a nuestras casas era una aventura, llena de joda y toques a puertas ajenas. Sin siquiera presagiar que algo malo nos podía pasar.

En una de estas tantas madrugadas, siendo, creo yo, la una de la madrugada, divisamos a lo lejos una fogata, bueno eso pensamos todos y decidimos ir, aún me pregunto porque fuimos. ¿Una fogata en plena madrugada?… pero creo que la mayoría acepto porque hacía mucho frio.

Nuestro deseo de obtener el calor de la fogata y por supuesto nuestra manía piro maníaca hizo que corriéramos hacia ella pero a media que uno avanzaba, la inocente fogata fue adquiriendo forma y no creo que solo fuera mi percepción porque poco a poco fuimos calmando la marcha porque a la distancia que paramos de correr, divisamos un ataúd y en cada esquina velas encendidas y alguien velaba el féretro, aunque parecía solo un bulto oscuro este llego a dar un ligero movimiento, era como si tratase de voltear para vernos.

No tuvimos tiempo de ver más, solo atinamos a retroceder y correr, correr sin mirar atrás, correr como alma que lleva el diablo, sin percibir el cansancio. Recuerdo que llegamos al mismo lugar de donde partimos y la “fogata” ya no estaba, las preguntas llovieron -¿Qué era eso?, – ¿viste eso?, – ¿y ahora como regreso a mi casa? Y por supuesto las echadas de culpa también. Y valientemente nos retiramos con el temor de que la situación se repitiera y aún compadezco al amigo que vivía a más distancia.

Nos reunimos en la mañana a comentar lo sucedido y visitar el lugar pero no encontramos nada solo un lugar desolado, ninguna casa vecina, alguna referencia que nos diera una explicación, y nos dimos cuenta que ese era el lugar era descanso de los ataúdes que eran llevados de camino al cementerio. Ese mismo día quedamos que las reuniones dejarían de ser hasta la madrugada…pero bueno esto duro sólo por una semana.

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